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En el mundo, el boom de proyectos hidroeléctricos en construcción o proyectados —que duplicaría el área actualmente cubierta por represas, dice el estudio— agudizaría el problema.

El trabajo, publicado en BioScience, señala que las represas emiten unas mil millones de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI), correspondiente 1,3 por ciento del total de emisiones globales anuales.

Considerando un período de 100 años, 80 por ciento del total correspondería a metano, por lo que las represas emiten más metano que las plantaciones de arroz y la quema de biomasa.

“Estimamos que las represas emitien alrededor de 25 por ciento más de metano por unidad de superficie que las calculadas”, dice a SciDev.Net Bridget Deemer, de la Escuela de Ambiente de Washington State University de Vancouver, EEUU, y líder del estudio.

“El metano permanece en la atmósfera alrededor de una década contra varios siglos del C02. Pero como es más potente, en 20 años aporta casi el triple al calentamiento global que el C02, un plazo más relevante para los tomadores de decisiones”, añade.

El metano se produce al fondo de los embalses, donde el oxígeno es escaso, y las bacterias descomponen el material orgánico (árboles, pastos) que está ahí o llega acarreado por cursos de agua. Parte del metano se convierte en C02; el resto se libera desde la superficie como burbujas.


Analizando estudios de más de 250 represas (un cuarto del área global ocupada) e incorporando el fenómeno de las burbujas, los investigadores encontraron que las represas emiten más metano que los lagos y humedales.

Para Emily Stanley, de la Universidad de Wisconsin, el estudio es “sumamente importante” porque entrega la mejor información disponible sobre las emisiones GEI de las represas, y porque demuestra que las altas emisiones de metano no están vinculadas a la ubicación o antigüedad de las represas, como sugieren otros investigadores, sino a la cantidad de materia orgánica.

A Deemer le entusiasma la posibilidad que abre su investigación de diseñar, situar y operar represas para que emitan menos gases.

Por ejemplo, según el estudio, las algas proliferan en represas situadas corriente abajo, que reciben más nutrientes como nitrógeno o fósforo y producen más metano.

Finalmente, los investigadores proponen incluir las emisiones de represas en los inventarios de GEI del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.





Enlace al artículo completo:
Greenhouse Gas Emissions from Reservoir Water Surfaces: A New Global Synthesis





Unidad de Prevención y Gestión de Conflictos (UPGC)


RESUMEN

Los conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos son procesos que surgen alrededor de la gestión de este importante recurso natural. En ese sentido, resulta de mucha importancia adoptar acciones preventivas y de gestión adecuada sobre los mismos. En esa línea de acción, se encuentra la Autoridad Nacional del Agua, para lo cual está en proceso de construcción y fortalecimiento de una institucionalidad en torno a esta temática.

INTRODUCCIÓN

El presente artículo busca dar cuenta acerca de los conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos y la manera como han sido abordados por parte de la máxima entidad técnico–normativa de dichos recursos que, en nuestro país, es la Autoridad Nacional del Agua (en adelante, ANA). Es por ello que se parte por realizar una mirada en retrospectiva sobre qué acciones se han desplegado desde la creación de la ANA para dar tratamiento a los conflictos hídricos, así como también los avances que han existido sobre esta materia en los últimos años en aras de forjar una institucionalidad para una mejor y mayor comprensión y atención de este tipo de diferencias que se gestan en torno a la gestión de los recursos hídricos en el territorio nacional.
Para comprender ello, se hace un rápido recorrido sobre los antecedentes de la recién creada Unidad de Prevención y Gestión de Conflictos y los logros alcanzados en cuanto a elaboración de documentos de gestión institucional en torno a la temática de conflictos relacionados a los recursos hídricos.
En ese sentido, se reseña los avances que se han alcanzado tanto en la prevención como en la gestión propiamente dicha de los conflictos hídricos que se han dado por parte de la ANA, principalmente, durante el año 2014. Asimismo, se realiza una especie de balance de conflictividad hídrica en el país haciendo especial énfasis en las variables (calidad, cantidad u oportunidad) a las cuales están relacionadas este tipo de diferencias y tensiones sociales alrededor del agua.
Se esbozan, además, algunas proyecciones de escenarios de los conflictos hídricos a manera de tendencias para el presente año (2015) y, generalmente, sobre qué tipo de variables y actividad humana estarán relacionados estos potenciales casos de conflictos. Finalmente, se plantean cuáles serán las próximas líneas de acción de la ANA desde su unidad especializada en conflictos, así como también las de sus órganos de línea y desconcentrados, en pro de prevenir y —cuando sea necesario— gestionar los conflictos hídricos de manera adecuada.



AVANCES EN LA CONSTRUCCIÓN DE INSTITUCIONALIDAD PARALA PREVENCIÓN Y  GESTIÓN DE CONFLICTOS SOCIALES VINCULADOS CON LOS RECURSOS HÍDRICOS

La ANA, desde su creación como institución pública del Estado y tras la aprobación de la Ley de Recursos Hídricos y su correspondiente Reglamento, ha gestionado los conflictos sociales vinculados a los recursos hídricos que se hubiesen originado como resultado de sus acciones o debido a percepciones de parte de determinados sectores de la población sobre este importante recurso natural. Es decir, nuestra institución, desde sus orígenes, ha atendido los diferentes casos de conflictos hídricos que han acontecido en diferentes momentos y en las distintas unidades hidrográficas del país, pues gestionar los recursos hídricos implica la gestión los conflictos de esta naturaleza.
Para cumplir con estas funciones, en la ANA han existido profesionales que se han encargado de la atención de algunos de los conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos tanto en las direcciones de línea como en los órganos desconcentrados. Sin embargo, posteriormente, se conformaría, en el ámbito de la Dirección de Gestión del Conocimiento y Coordinación Interinstitucional (DGCCI), el Área de Hidrosolidaridad y Gobernanza Hídrica, que tenía a su cargo la identificación y tratamiento de los conflictos hídricos entre sus asignaciones. Más adelante —a mediados del año 2012— se conformaría el Equipo de Prevención y Gestión de Controversias por el Agua (EPGCA), cuya misión principal estaba en gestionar los conflictos relacionados con el agua, así como también desplegar algunas acciones de prevención sobre los mismos.

Para mediados del año 2014, la Alta Dirección de la ANA consideró necesaria la creación de un área de trabajo que se encargue no solo de la gestión sino también de la prevención de los conflictos sociales que tengan algún tipo de vinculación con los recursos hídricos, es decir, conformar una unidad altamente especializada dentro de la institución que permita identificar y advertir tempranamente los potenciales conflictos hídricos, así como también gestionarlos de manera adecuada y pertinente cuando los conflictos hayan acontecido y tengan alguna relación con las funciones y competencias institucionales.

Esta decisión se concretó a través de la creación de la Unidad de Prevención y Gestión de Conflictos (UPGC) como un órgano funcional no estructurado ubicado en la Alta Dirección y dependiente de la Secretaría General de la ANA. Tal criterio se debió al conocimiento de nuestras autoridades directivas tanto sobre los altos niveles de conflictos sociales vinculados al agua en la actualidad cuanto sobre los escenarios de conflictividad hídrica que puedan acontecer en los años siguientes por diferentes variables. El interés por construir y fortalecer una institucionalidad en torno a los conflictos hídricos que tenga como premisa tanto la prevención como la gestión adecuada de los mismos fue uno de los argumentos centrales en crear esta Unidad, la misma que tiene varias funciones que van desde el componente normativo, pasando por la parte operativa y participativa, hasta llegar a lo analítico de este tipo de conflictos.


En esa lógica de construir institucionalidad alrededor de los conflictos, así como estandarizar y potenciar las capacidades de los funcionarios y profesionales de las diferentes instancias de la ANA sobre esta temática, la UPGC —en colaboración con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)— ha elaborado un conjunto de instrumentos de gestión, como son:

Protocolo para la prevención y gestión de conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos, Guía de consulta para la prevención y la gestión de conflictos hídricos y Cartilla de difusión y consulta. Uso y aprovechamiento de recursos hídricos en el Perú.

Además, cabe resaltar que para la elaboración de tales herramientas se ha contado con la participación de
profesionales de los órganos de línea y desconcentrados con el objetivo de conocer y recoger sus opiniones y aportes a este tipo de instrumentos en construcción.

Una vez que han sido aprobados, se ha procedido —en una primera etapa— a la correspondiente socialización del Protocolo para la prevención y gestión de conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos con el conjunto de especialistas de nuestra institución para potenciar sus capacidades alrededor de la temática de conflictos sociales vinculados con la gestión de los recursos hídricos.



UN BALANCE DE LOS CONFLICTOS EN EL PERÚ

La Unidad de Prevención y Gestión de Conflictos (UPGC) de la ANA aborda la conflictividad social vinculada con los recursos hídricos desde tres puntos de entrada: temática, región hidrográfica (Pacífico, Atlántico y Titicaca) y Autoridad Administrativa del Agua.
El Protocolo para la prevención y gestión de conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos nos ofrece una clara distinción temática de la conflictividad hídrica, vale decir, los conflictos hídricos por calidad, cantidad, oportunidad y otros.

• Conflicto hídrico por cantidad del agua: se encuentra relacionado con la disputa del volumen o caudal del recurso hídrico superficial y/o subterráneo.

• Conflicto hídrico por calidad del agua: se encuentra relacionado con la gestión de la calidad del recurso, la cual puede ser afectada por actividades antropogénicas, impacto por aguas residuales provenientes de los diversos usos, vertimientos, tratamiento o reúso de aguas, entre otros.

• Conflicto hídrico por oportunidad del agua: se encuentra relacionado con el uso del recurso en el tiempo y el espacio en el cual se anula oportunidades de uso a otras actividades.

• Otros: relacionados a la infraestructura hidráulica y bienes asociados a los recursos hídricos.

De los conflictos hídricos manifiestos, observamos una preponderancia de los asociados a la variable calidad, los cuales están relacionados pincipalmente con percepciones de contaminación del recurso hídrico.
En otros casos, estos se deben al incumplimiento de compromisos asumidos por alguna de las partes en conflicto, como la construcción de centrales hidroeléctricas. Así mismo, se registran casos en los que se presenta la concurrencia de dos variables, vale decir, calidad–cantidad, calidad–oportunidad y cantidad–oportunidad.
Del total de casos de conflictos hídricos que la ANA registra, la mayor parte está localizada en la región hidrográfica del Atlántico, en la que los casos están relacionados a la variable calidad y asociados a la actividad minera e hidroenergética; seguida de la región hidrográfica del Pacífico, en la que los casos también se encuentran asociados a la variable calidad y vinculados principalmente con la actividad minera; y, finalmente, la región hidrográfica del Titicaca, en la que el panorama sigue siendo similar al de las otras regiones hidrográficas.

En lo referente al abordaje según las jurisdicciones administrativas de la Autoridad Administrativa del Agua (AAA), observamos lo siguiente en relación al número de conflictos hídricos. En la región hidrográfica del Pacífico, es la AAA Huarmey Chicama la que presenta el mayor número, seguida de Caplina Ocoña; mientras que Jequetepeque Zarumilla registra el menor número, situación que es revertida al momento de la identificación de potenciales situaciones de conflicto, en la que esta última consigna el mayor número. En la región hidrográfica del Atlántico, es la AAA Marañón la que registra el mayor número de conflictos; por su parte, la AAA Urubamba Vilcanota registra el menor número y asociado a la actividad hidroenergética. En la región hidrográfica del Titicaca, con la AAA del mismo nombre, los conflictos están asociados a la calidad del recurso hídrico, conectada con la minería informal y los vertimientos, lo que estaría ocasionando impactos en la calidad de las aguas de la región.

Cabe mencionar que en la gestión de los conflictos sociales, se viene utilizando el diálogo como una estrategia para evitar el escalamiento y lograr la transformación de los conflictos. Debido a la naturaleza diversa de los conflictos hídricos y a la complejidad que existe, es importante la participación de múltiples actores como gobiernos regionales, locales, frentes de defensa, comunidades campesinas y empresas privadas, así como la intervención de los sectores del Estado.

En esta línea, la Autoridad Nacional del Agua, a través de sus órganos desconcentrados y sede central, viene participando en diversos espacios de diálogo, los que en muchos casos cuentan con resoluciones ministeriales de creación. En todos los casos, estos espacios vienen siendo objeto de un constante acompañamiento, monitoreo y evaluación de la UPGC. Este monitoreo y seguimiento busca fortalecer y mejorar la participación de la ANA en los variados espacios de diálogo.



ALGUNOS ESCENARIOS DE LA CONFLICTIVIDAD HÍDRICA


El recurso hídrico viene adquiriendo en los últimos años un interés y posicionamiento mayor no solo para el Estado sino también para la población y sociedad civil. Este interés se puede ver traducido en la preocupación por el mismo, ya sea por su calidad, cantidad, oportunidad o accesibilidad. Los conflictos socioambientales en general —dentro de los cuales se encuentra inmerso el conflicto hídrico— parten de las diversas percepciones que le dan los actores involucrados a una determinada situación problemática. Debido a que las percepciones sobre las posibles afectaciones del recurso —por contaminación, disminución del caudal u otras causales— constituyen una de las preocupaciones básicas, estas posibles afectaciones adquieren mayor relevancia para las poblaciones y comunidades en cuyas cuencas cercanas se desarrollan actividades como la minera, hidroeléctrica o hidroenergética, entre otras.

En este apartado buscamos dar a conocer los escenarios de la conflictividad hídrica a nivel nacional, para lo cual nos basaremos en la información recopilada en la identificación de potenciales situaciones de conflicto hídrico en las tres regiones hidrográficas: Pacífico, Atlántico y Titicaca. Cabe resaltar que el universo de potenciales conflictos hídricos es vasto, complejo y diverso. Los potenciales conflictos en estas tres regiones hidrográficas se encuentran relacionados en su mayoría a actividades mineras, industriales y productivas, vertimientos poblacionales, residuos sólidos, hidrocarburos, extracción de material de acarreo e impactos sobre fajas marginales.
Una de las causales identificadas estaría relacionada a la desigualdad en los niveles de acceso al recurso hídrico, siendo la región hidrográfica del Atlántico donde se localizan la mayor cantidad de potenciales situaciones de conflicto, seguida por las del Pacífico y del Titicaca respectivamente. Asimismo, dentro de la región hidrográfica del Atlántico, los potenciales conflictos hídricos están relacionados a la variable calidad debido al desarrollo de actividades extractivas mineras de tipo informal, así como también por los vertimientos industriales y poblacionales sin el tratamiento correspondiente. En lo que respecta a la región hidrográfica Pacífico, los potenciales conflictos hídricos están relacionados a la variable cantidad–oportunidad debido al surgimiento de la ampliación de la frontera agrícola (nuevos proyectos agroindustriales), la construcción de nuevas centrales hidroeléctricas (desvío del curso de aguas) y la distribución del agua con fines poblaciones y agrícolas (crecimiento poblacional y agrario). Finalmente, en lo que respecta a la región hidrográfica Titicaca, que es la más pequeña a nivel nacional, encontramos que los potenciales conflictos hídricos también se encuentran relacionados a la variable calidad.


PRÓXIMAS ACCIONES


Lo mencionado en los párrafos anteriores exige una necesaria gestión preventiva para evitar el surgimiento y posterior escalamiento de los potenciales conflictos, así como la generación de sinergias con los actores claves del sector público y privado para la transformación de los conflictos, mantenimiento de la paz social y la gobernanza hídrica.

Por otro lado, se hace necesario que el desarrollo de los monitoreos participativos ahonde en un mayor involucramiento de las autoridades a nivel local y regional, como también en la participación activa de las organizaciones sociales, campesinas e indígenas para lograr un mayor grado de legitimidad y confianza en los actores involucrados.
Para ello, se requiere de un trabajo previo de sensibilización, involucramiento y capacitación. A continuación, se proponen ciertas estrategias de abordaje:

• Realizar talleres informativos, de sensibilización y capacitación en torno a monitoreos participativos sobre la gestión integrada de los recursos hídricos con los actores claves involucrados en zonas de potenciales conflictos.
• Realizar talleres informativos para dar a conocer las funciones y competencias de la ANA, así como la generación de estrategias en conjunto con los actores más relevantes de aquellas zonas donde se encuentren ubicados los potenciales conflictos hídricos.
• Impulsar la constitución de reuniones y espacios de diálogo con representantes de las organizaciones sociales y comunales con el propósito de brindar información específica y esclarecer funciones competencias en torno a la gestión de los recursos hídricos, impulsando el diálogo como herramienta que permite la generación de consensos y transformación de conflictos.
• Generar reuniones de índole técnico–normativa con los actores sociales a fin de informar y socializar estudios, evaluaciones y monitoreos tanto de calidad como de cantidad desarrollados por la Autoridad Nacional del Agua con el objetivo de aclarar consultas y despejar dudas de los usuarios y población en general.
• Generar reuniones intersectoriales para la generación de estrategias para el abordaje y prevención de conflictos vinculados con los recursos hídricos.
• Articular reuniones con los usuarios a fin de sensibilizar en la importancia de la eficiencia del uso del agua y en la necesidad de la formalización de los usos de los recursos hídricos.
• Emplear las herramientas de prevención y gestión de los conflictos hídricos (Protocolo, Guía yCartilla) para la transformación de los conflictos sociales vinculados con los recursos hídricos.

Otras líneas de acción que la UPGC ha priorizado desarrollar se encuentran relacionadas con los siguientes aspectos:


El fortalecimiento de capacidades de los profesionales de los órganos de línea y desconcentrados de la ANA en torno a los documentos de gestión institucional para prevenir y gestionar conflictos hídricos (Protocolo y Guía), así como también en temáticas vinculadas de conflictos sociales relacionados al recurso hídrico, son para este año uno de las principales acciones que la UPGC de la ANA realizará en este año.

• La ampliación de alianzas estratégicas con la cooperación internacional con la finalidad de priorizar determinados ámbitos del territorio nacional para desarrollar acciones conducentes a la prevención y gestión de conflictos hídricos.
• El establecer contactos con líderes y actores principales en espacios de potenciales escenarios de conflictividad con el objetivo de generar espacios de diálogo en torno a la gestión de los recursos hídricos en su ámbito hidrográfico.



CONCLUSIONES


El proceso de construcción de institucionalidad alrededor de los conflictos hídricos se ha materializado con la creación de la Unidad de Prevención y Gestión de Conflictos, así como también en la elaboración de documentos de gestión para el abordaje oportuno, adecuado y estandarizado en torno a los conflictos vinculados con los recursos hídricos.

• La gran mayoría de conflictos manifiestos se encuentran relacionados a la variable calidad, asociada tanto a la actividad minera como a la construcción de centrales hidroeléctricas, principalmente, en los órganos desconcentrados de la región hidrográfica del Atlántico. En el caso de la región hidrográfica del Pacífico, el mayor número de conflictos está asociado a la variable cantidad.
• Siendo la región hidrográfica del Atlántico la que posee la mayor cantidad de potenciales conflictos, sobre todo los relacionados a la calidad del recurso hídrico, se hace necesario elaborar una estrategia preventiva que permita el actuar oportuno de la Autoridad Nacional del Agua para evitar el futuro escalamiento de los mismos.
• Las próximas líneas de acción estarán centradas en fortalecer capacidades al interior de nuestra institución, así como también a potenciar las relaciones con la cooperación internacional a fin de intervenir en ámbitos de potenciales escenarios de conflictividad hídrica.

Fuente: Revista agua y + Autoridad Nacional del Agua



Miguel A. Altieri
Universidad de California, Berkeley, y Sociedad Científica Latinoa¬mericana de Agroecología (SOCLA)
agroeco3@berkeley.edu
Este artículo describe los impactos de algunos proyectos agroecológicos implementados en varios países en los últimos 30 años, que ilustran la influencia del legado agroecológico heredado de las culturas originarias de la región latinoamericana.

Aunque los europeos argumenten que investigadores como Bensin, Henin, Tischler y Azzi mencionaron la palabra agroecología en sus escritos en los inicios del siglo pasado (Wezel y otros, 2009), la agroecología concebida como una ciencia que incorpora los avances científicos de la ecología, agronomía, la antropología y la sociología rural y el saber tradicional y local, comprometida políticamente con la agricultura campesina y la soberanía alimentaria, nace en América Latina a inicios de la década de los 80.

Es precisamente en nuestra región que la agroecología se expandió rápidamente, adoptada y difundida inicialmente por ONGs preocupadas por las consecuencias sociales y ecológicas de la Revolución Verde, que no benefició al campesinado. El Movimiento Agroecológico Latinoamericano (MAELA) y el Consorcio Latinoamericano de Agroecología y Desarrollo (CLADES) jugaron un papel clave en este despertar agroecológico. CLADES constituyó un programa regional de investigación, capacitación y extensión diseñado para fortalecer a los técnicos y campesinos en los principios y práctica de la agroecología (las publicaciones de CLADES estan disponibles en www.clades.cl). El programa del CLADES se basó en la experiencia concreta de ONGs que en esa época habían establecido fincas demostrativas que ilustraban en sus diseños los principios agroecológicos que servían de faros agroecológicos para los productores y, a la vez, implementaban proyectos de desarrollo para revitalizar la agricultura campesina en varias comunidades rurales.

La corriente más académica de la agroecología se consolida a nivel regional con la creación de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA), en 2007. Con más de 750 miembros, SOCLA ha celebrado cinco congresos latinoamericanos –que han reunido a los principales actores de la región– y ha creado dos doctorados regionales de agro-ecología, con el objetivo de formar una masa crítica de investigadores de alto nivel. También ha impulsado programas regionales de investigación como REDAGRES (www.redagres. org) que moviliza a varios grupos de trabajo que incursionan en agroecología y resiliencia ante el cambio climático.

A inicios de los 90 se dieron a conocer al mundo los esfuerzos de los colegas cubanos, entonces ligados a la Asociación Cubana de Agricultura Orgánica (ACAO), que junto a cientos de campesinos ofrecían una alternativa productiva para la isla en el período crítico en el que el subsidio soviético de petróleo, fertilizantes, pesticidas, tractores, etc. llegaba a su fin. A fines de la década de 2000, la Vía Campesina adoptó la agroecología como un pilar fundamental de su propuesta de soberanía alimentaria (https://viacampesina.org/es/images/stories/pdf/CUADERNO%207%20LVC%20ESPANOL.compressed.pdf).

Hoy en día la agroecología es considerada como una ciencia transformadora que debe implementarse en estrecho diálogo e interacción con las organizaciones de agricultores, en un constante proceso de innovación cognitiva, tecnológica y sociopolítica, íntimamente vinculada a los escenarios políticos y a movimientos de resistencia campesina e indígena.


A continuación se describen los impactos de algunos proyectos agroecológicos implementados en varios países en los últimos 30 años, que ilustran la influencia del legado agroecológico heredado de las culturas originarias de la región (Altieri, 1999, y Altieri y otros, 2012).


Chile

Desde 1980 han existido en Chile organizaciones no gubernamentales (entre ellas el Centro de Educacion y Tecnología [CET]), pioneras en la aplicación de estrategias de desarrollo rural con base agroecológica, destinadas a ayudar a los campesinos para lograr su autosuficiencia alimentaria durante todo el año y, a la vez, reconstruir la capacidad productiva de sus pequeñas parcelas. El enfoque ha consistido en establecer varias fincas modelo pequeñas, con una secuencia rotativa espacial y temporal de cultivos de forraje y verduras, con árboles frutales y forestales en los bordes que e integran animales mayores y menores. Los componentes se eligen según las contribuciones nutritivas de los cultivos a las etapas rotativas subsiguientes, su adaptación a las condiciones agroclimáticas locales, hábitos locales de consumo y oportunidades de mercado (foto 1). La rotación se diseña para producir la máxima variedad de cultivos básicos en seis lotes, aprovechando las propiedades de restauración del suelo y el incremento del control biológico resultado de la diversidad vegetal. Los árboles frutales en el huerto y cercos vivos, así como también los cultivos forrajeros son altamente productivos. Los animales proporcionan huevos y leche a la familia. Un análisis nutricional del sistema demuestra que para una familia típica, después de lograr suplir el 95% de sus necesidades alimenticias, queda un superávit de 250% de proteína, 80% y 550% de vitamina A y C respectivamente, y 330% de calcio. El análisis económico familiar indica que el balance entre vender el superávit y comprar artículos preferidos genera un ingreso neto anual cercano a 790 USD. El monto del ingreso no considera la disminución de 40% en los costos de producción. Si la producción de la finca se vendiese a precio de mayorista, la familia podría obtener un ingreso neto mensual 1,5 veces mayor al jornal mínimo legal en Chile, y con solo unas pocas horas semanales de dedicación a la finca. El tiempo restante es usado por la familia para otras actividades que generan ingresos adicionales, dentro o fuera de la finca.

Región andina

Desde la década de los ochenta un grupo importante de investigadores, técnicos y promotores de diversas organizaciones no gubernamentales e instituciones académicas ha promovido la recreación de la agricultura campesina andina en su íntima relación con las cosmovisiones tradicionales, pero incorporando elementos científicos de la agroecología. En muchos sentidos, la agricultura andina ofrece un enorme potencial para desarrollar una estrategia agroecológica exitosa.

Un ejemplo fascinante es el renacimiento de un ingenioso sistema de campos elevados y canales llamados waru warus, que se desarrollóen el altiplano andino peruano-boliviano hace unos 3 000 años. De acuerdo con la evidencia arqueológica, en los waru warus se produjeron cosechas abundantes a pesar de las inundaciones, las sequías y las heladas tan comunes en altitudes de casi 4 000 m (Erickson y Chandler, 1989). En 1984 varias ONGs y agencias estatales del Perú crearon el “Proyecto interinstitucional de rehabilitación de waru-warus” con la intención de ayudar a los agricultores locales en la reconstrucción de estos antiguos sistemas. La combinación de camas de tierra elevadas con canales ha demostrado tener importantes efectos en la moderación de la temperatura y la ampliación del ciclo productivo, lo que se ha traducido en una mayor productividad de los waru warus, en comparación con los suelos planos fertilizados con insumos de síntesis química. En el distrito de Huata, Puno, los cultivos en camellones reconstruidos tuvieron rendimientos sostenidos de papa de 8 a 14 t/ha al año. Estos valores contrastan favorablemente con el rendimiento anual promedio de papa en Puno de 1-4 t/ha. En waru warus reconstruidos en la localidad de Camjata (distrito de Capachica, Puno) los rendimientos de papa alcanzaron 13 t/ha/año y los de quinua hasta 2 t/ha/año (Erickson y Chandler, 1989).

En los Andes del norte del Perú, también en los años 80, instituciones gubernamentales y ONGs de Cajamarca, junto con organizaciones campesinas, se embarcaron en un proyecto de restauración de terrazas antiguas abandonadas. En 10 años se restauraron aproximadamente 1 124 hectáreas de terrazas y se sembraron más de 550 000 árboles. Los rendimientos de papa subieron de 5 a 8 t/ha y los de oca (Oxalis tuberosa) de 3 a 8 t/ ha. La mayor producción de forraje para el ganado incrementó el ingreso anual de las familias de 108 USD en 1983 a más de 500 USD a mediados de los 90 (Sánchez, 1994). Otro proyecto similar impulsado por el gobierno local en el valle del Colca –Andes del sur– auspició la construcción de 30 hectáreas de terrazas; en el primer año los rendimientos de papa, maíz y cebada aumentaron en 43-65%, comparados con la producción de estos cultivos en laderas. En las terrazas, como cultivo de rotación o asociado, se utilizó muchas veces el tarwi o chocho (Lupinus mutabilis) –una leguminosa– lo que redujo significativamente la necesidad de fertilizantes.

Centroamérica

Hoy en día se estima que cerca de 10 000 familias en Nicaragua, Honduras y Guatemala adoptaron prácticas de conservación de suelos a través de la metodología de capacitación “campesino a campesino”. La adopción de estas prácticas en laderas llevó a triplicar los rendimientos de maíz y frijol de 400 kg/ha a 1 200-1 600 kg. Este aumento de la producción de grano por hectárea aseguró que las 1 200 familias que participaron en el programa pudieran garantizar el suministro de grano para el año siguiente. Una de las prácticas más comunes fue la introducción del frijol terciopelo (Mucuna pruriens), que puede fijar hasta 150 kg de nitrógeno por hectárea, y producir hasta 35 toneladas de materia orgánica al año para que los agricultores logren mayor producción de maíz. La inversión de trabajo para el deshierbe se redujo en 75% y los herbicidas se eliminaron por completo (foto 2). Gracias a la red Campesino a Campesino, la difusión de estas tecnologías se ha realizado rápidamente. En un año, más de 1 000 campesinos recuperaron tierras degradadas en la cuenca de San Juan, Nicaragua. Los análisis económicos de estos proyectos indican que la adopción de cultivos de cobertura ha reducido la utilización de fertilizantes químicos (de 1 900 a 400 kg/ha), a la vez que aumentaron los rendimientos de 700 a 2 000 kg/ha con bajos costos de producción. Las ventajas de estos rendimientos se aprecian al compararlos con los de los agricultores que aún mantienen monocultivos y usan fertilizantes agroquímicos.

Tal vez el esfuerzo agroecológico más extendido en América Latina promovido por ONGs y organizaciones campesinas es el rescate de variedades de cultivos tradicionales o locales (variedades criollas), su conservación in situ a través de bancos comunitarios de semillas y su intercambio a través de cientos de ferias de semillas. Por ejemplo, en Nicaragua el proyecto “Semillas de identidad”, que involucra a más de 35 000 familias en 14 000 hectáreas, ya ha recuperado y conservado 129 variedades locales de maíz y 144 de frijoles (http://semillasidentidad.blogspot.com).

Cuba

En Cuba se estima que las prácticas agroecológicas se utilizan en 46 a 72% de las fincas campesinas que, al ocupar el 25% de las tierras arables, producen más del 70% de la producción nacional de alimentos, incluyendo 67% de raíces y tubérculos, 94% del ganado menor, 73% de arroz, 80% de las frutas y la mayoría de la miel, frijoles, cacao, maíz, tabaco, leche y la producción de carne (Rosset y otros, 2011). Más de 100 000 pequeños agricultores que utilizan métodos agroecológicos obtienen rendimientos por hectárea suficientes para alimentar a cerca de 15 a 20 personas por año, con una eficiencia energética mayor de 10:1. Un estudio realizado por Funes- Monzote y otros (2009) muestra que los pequeños agricultores que utilizan sistemas agropecuarios integrados fueron capaces de lograr un incremento tres veces mayor en la producción de leche por unidad de superficie forrajera (3,6 t/ha/año), así como un aumento de siete veces en la eficiencia energética. La producción de energía (21,3 GJ/ha/año) se triplicóy la producción de proteínas se duplicó(141,5 kg/ha/ año) a través de estrategias de diversificación de las explotaciones ganaderas especializadas.

El crecimiento del movimiento agroecológico se debe a los esfuerzos de varios actores, pero en particular de casi la mitad del número de pequeños agricultores independientes en Cuba –que son miembros de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP)–. En menos de una década, se ha convocado la participación activa de los pequeños agricultores en el proceso de innovación tecnológica y la difusión mediante el modelo “agricultor a agricultor”, que se centra en el intercambio de experiencias, el fortalecimiento de la investigación local y la capacidad de resolución de problemas.

Los logros agroecológicos también se han extendido a la agricultura urbana, con más de 383 000 fincas urbanas, que abarcan 50 000 hectáreas de tierra anteriormente abandonada, y dan origen a una producción de más de 1,5 millones de toneladas de hortalizas –las huertas urbanas logran un rendimiento anual promedio de entre 15 y 20 kg/m2 de comestibles sin utilizar productos químicos–, suficiente como para abastecer a 40, 60% ó más de todos los vegetales frescos que se consumen en ciudades como La Habana, Villa Clara y otras. Ningún otro país del mundo ha alcanzado este nivel de éxito con una forma de agricultura que reduce el transporte de alimentos, el uso de energía e insumos, y cierra efectivamente los ciclos de producción y consumo local.

Dado el dinamismo económico y las condiciones climáticas de la isla, el campesinado cubano, al aplicar las estrategias agroecológicas muestra hoy mayores índices de productividad, sostenibilidad y resiliencia. La agroecología impulsada por el movimiento Campesino a Campesino están demostrando ser la manera más eficiente, barata y estable de producción de alimentos por unidad de tierra, insumos y mano de obra. Dado que este proceso avanza, los agricultores más pequeños van uniéndose a esta revolución agroecológica. Actualmente, el gobierno otorga hasta 13,5 hectáreas a las familias interesadas en convertirse en agricultores; hasta ahora hay 100 000 peticiones y la meta es llegar a 1,5 millones de hectáreas con manejo agroecológico, lo suficiente para que esta isla alcance la soberanía alimentaria.

Resiliencia al cambio climático

De importancia clave para el futuro de la agricultura son los resultados de observaciones del desempeño de las fincas agroecológicas campesinas después de eventos climáticos extremos. Estos revelan que la resiliencia a los desastres climáticos estáíntimamente relacionada con el nivel de biodiversidad en las fincas: una de las principales características de los sistemas agroecológicos. Un estudio realizado en laderas centroamericanas después del huracán Mitch demostró que los agricultores que utilizaban prácticas de diversificación tales como cultivos de cobertura, cultivos intercalados y agroforestería sufrieron menos daños que sus vecinos que producían monocultivos convencionales. El estudio, liderado por el movimiento Campesino a Campesino, movilizó a 100 equipos de agricultores-especialistas para trabajar en parejas y realizar observaciones de indicadores agroecológicos específicos en 1 804 fincas sostenibles y convencionales. El estudio abarcó 360 comunidades y 24 departamentos en Nicaragua, Honduras y Guatemala. Se encontró que las parcelas diversificadas tenían de 20 a 40% más tierra vegetal, más humedad en el suelo y menos erosión y que experimentaron pérdidas económicas menores que las de sus vecinos convencionales. Del mismo modo, en el Soconusco, Chiapas, los sistemas de café (fotos 3 y 4) que exhibían niveles altos de complejidad vegetal y diversidad de plantas sufrieron menos daños por el huracán Stan que los sistemas de café más simplificados. Cuando el huracán Ike azotó Cuba en 2008, después de 40 días los investigadores realizaron una inspección de fincas en las provincias de Holguín y Las Tunas y encontraron que las fincas diversificadas habían perdido 50% de su producción, en comparación con el 90 o el 100% en los monocultivos vecinos. Además, las fincas manejadas agroecológicamente mostraron una recuperación de la producción más rápida (de 80 a 90%, 40 días después del huracán) que las dedicadas al monocultivo. En 2009, el Valle del Cauca en Colombia pasó por el año más seco registrado en 40 años. Los sistemas silvopastoriles intensivos, que combinan arbustos forrajeros plantados en alta densidad bajo árboles y palmeras con pastos mejorados, mostraron no solo que estos sistemas proporcionan bienes y servicios ambientales a los ganaderos, sino también una mayor resistencia a la sequía

Conclusiones

Desde principios de los años ochenta, miles de campesinos, en colaboración con ONGs, universidades, algunos centros de investigación y otras organizaciones, han promovido e implementado alternativas agroecológicas, como policultivos, integración de cultivos y animales y sistemas agrofores¬tales, que simultáneamente incrementan la producción y la conservación de recursos naturales (Altieri, 1999). Un análisis de varios proyectos agroecológicos durante la década de los noventa estima que en América Latina las iniciativas analizadas involucraron a casi 100 000 unidades familiares en más de 120 000 hectáreas, lo que demuestra que la combinación de cultivos y animales se puede optimizar para aumentar la productividad, mejorar la estructura biológica de la finca y utilizar eficazmente los recursos locales y la mano de obra (Altieri, 2009). De hecho, la mayoría de las tecnologías agroecológicas promovidas por las ONGs para mejorar los rendimientos agrícolas tradicionales, triplicó la producción por unidad de superficie en las zonas marginales. También se logróun incremento de la biodiversidad agrícola y sus efectos positivos asociados en la seguridad alimentaria y la integridad del medio ambiente. Muchos estudios también enfatizan la importancia de incrementar la diversidad vegetal y la complejidad de los sistemas agrícolas para reducir la vulnerabilidad a eventos climáticos extremos. Las observaciones realizadas por el equipo REDAGRES reafirma la efectividad de la estrategia de diversificación de cultivos utilizada por los agricultores tradicionales en el incremento de la resiliencia de los agroecosistemas (Altieri y Nicholls, 2012).

La producción agroecológica es particularmente apropiada para los pequeños agricultores, que constituyen la mayoría de la población rural pobre. Los agricultores de escasos recursos que utilizan sistemas agroecológicos son menos dependientes de recursos externos y tienen menos deudas, lo que junto a rendimientos más altos y más estables logrados por los diseños agroecológicos, promueve la soberanía alimentaria y la autonomía productiva, reforzando procesos de recampesinización en la región.




Referencias

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Imagen:Cepal


H. Liniger y R. Weingartner1
Hanspeter Liniger y Rolf Weingartner pertenecen al Instituto de Geografía, Universidad de Berna, Suiza.

Relaciones entre las montañas, los bosques y el agua.


LAS MONTAÑAS: UNA PRIORIDAD MUNDIAL

¡El agua es la vida! El agua es esencial en todos los aspectos de la vida cotidiana, como bebida básica y para producir alimentos y proteger la salud, para producir energía y para el desarrollo industrial, para la ordenación sostenible de los recursos naturales y para la conservación del medio ambiente. El agua tiene también valores religiosos y culturales. Lamentablemente, el agua está escaseando en muchas zonas y regiones del planeta. Los datos más recientes del Informe sobre el agua sostenible (1996) del World Water Council revelan lo alarmante de la situación: «En 1950, sólo 12 países con 20 millones de habitantes padecieron escasez de agua: en 1990 fueron 26 países con 300 millones de habitantes; hacia 2050 se calcula que el problema afectará a 65 países con 7 000 millones de habitantes, es decir alrededor del 60 por ciento de la población mundial, principalmente en los países en desarrollo.» El informe insta a la acción inmediata para mantener la disponibilidad de agua dulce en el siglo próximo. Como se ha mostrado en el reciente informe sobre gestión del agua dulce (Liniger et al., 1998), las montañas desempeñan un papel decisivo en el suministro de agua dulce a la humanidad, así en regiones montañosas como llanas.

Desde los años setenta los ecosistemas montañosos han recibido una atención creciente en varios programas de investigación. En 1992, en la Cumbre sobre la Tierra (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo) de Rio de Janeiro, se incluyó un Capítulo 13 titulado «Ordenación de los ecosistemas frágiles: desarrollo sostenible de las zonas de montaña» en el Programa 21, principal documento de la reunión. La Comisión de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible designó después a la FAO como coordinador de tareas para este capítulo de las montañas. Una colaboración de amplitud sin precedentes entre organismos de las Naciones Unidas, gobiernos nacionales, organizaciones internacionales, ONG e instituciones de investigación, hizo posible presentar en el período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Cumbre sobre la Tierra + 5, en 1997, un extenso informe titulado Mountains of the world: a global priority (Montañas del mundo: una prioridad mundial) (Messerli e Ives, 1997), y un documento complementario sobre políticas, Mountains of the world: challenges for the twenty-first century (Montañas del mundo: desafíos para el siglo XXI) (Bisaz et al., 1997).

EL PAPEL DE LAS MONTAÑAS COMO DEPÓSITOS DE AGUA

Todos los grandes ríos del mundo tienen sus cabeceras en tierras montañosas y más de la mitad de la humanidad depende del agua dulce que se acumula en las zonas montañosas. Aunque constituyen una proporción relativamente pequeña de cuencas fluviales, la mayor parte del caudal se origina en las montañas, y esta proporción depende de las estaciones. Estos «depósitos de agua» son esenciales para el sustento de la humanidad. Al crecer la demanda, aumentan las posibilidades de conflicto por el uso del agua de las montañas. La gestión cuidadosa de los recursos hídricos debe ser, por lo tanto, una prioridad absoluta en un mundo que está destinado a una crisis de agua en el próximo siglo. Muchas razones impulsan a centrar la atención en las montañas. Las más importantes son:

Abundancia de las precipitaciones. Las montañas forman barreras en la circulación de las masas de aire. Al tener que elevarse, el aire se enfría, lo que da lugar a las precipitaciones. En las regiones semiáridas y áridas, sólo las tierras altas tienen pluviosidad suficiente para producir escorrentía y recargar las capas de agua subterránea.

Almacenamiento y distribución del agua en las tierras bajas. Las aguas captadas a altitudes elevadas fluyen por gravedad por la red fluvial o las faldas acuíferas subterráneas hacia las tierras bajas, donde hay una fuerte demanda de los centros urbanos, la agricultura y la industria. Por ejemplo, los 1,4 millones de habitantes de La Paz y El Alto (Bolivia) dependen sobre todo del agua procedente de los glaciares circundantes por encima de 4 900 m.s.n.m., y el 75 por ciento de la energía eléctrica para estas ciudades se produce en las centrales hidroeléctricas de la vertiente oriental de los Andes.

En las zonas húmedas del mundo, la proporción de agua generada en las montañas puede llegar hasta el 60 por ciento del total de agua dulce disponible en la cuenca, mientras que en las zonas semiáridas y áridas esta proporción suele superar el 90 por ciento.

El agua como sustentadora de vida. El suministro de agua limpia y potable es fundamental para la existencia y la salud humanas. Desde 1940, las extracciones mundiales de agua dulce de todas las fuentes (es decir, el uso de agua de superficie o subterráneas) han aumentado en más del cuádruple. El 70 por ciento del agua se utiliza para riego. La relación entre el agua de las montañas y la producción mundial de alimentos es evidente, en particular en los climas áridos y semiáridos de las zonas tropicales y subtropicales donde se encuentran la mayoría de los países en desarrollo y más de la mitad de la población mundial. Además, el agua almacenada en los lagos y embalses de las montañas tiene un valor económico adicional como fuente potencial de energía hidroeléctrica. El agua dulce de las montañas mantiene también muchos hábitats naturales, en tierras altas o bajas, contribuyendo así a la conservación de la biodiversidad.

Ecosistemas frágiles. Las montañas son ecosistemas muy frágiles. Las lluvias intensas, las fuertes pendientes y los suelos poco firmes pueden dar lugar a fuertes escorrentías de superficie, erosiones y deslizamientos de tierras. Los sedimentos producidos por la erosión contaminan en alto grado las aguas de superficie. El uso de la tierra, el desarrollo de infraestructuras, la minería y el turismo en las zonas montañosas pueden condicionar notablemente la cantidad y la calidad del agua de los ríos y los acuíferos.

FIGURA 1 Aumento del consumo mundial de agua potable

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Fuente: Instituto Mundial sobre Recursos

Conflictos en torno al agua. En todo el mundo,. 214 cuencas fluviales, que acogen al 40 por ciento de la población mundial y abarcan más del 50 por ciento de la superficie terrestre de continentes e islas, son compartidas por dos o más países. La distribución del agua de las zonas montañosas fue causa de 14 conflictos internacionales registrados en 1995. Por ejemplo, el conflicto árabe-israelí, aun siendo básicamente una disputa sobre seguridad y territorio, se refiere también a los suministros de agua dulce de las montañas fronterizas libanesas, monte Hermón, los Altos de Golán y los montes de la Ribera Occidental. También surgen disputas sobre el agua en menor escala, entre tierras altas y bajas dentro de fronteras nacionales, como por ejemplo en torno al monte Kenya.

El agua de montañas «sagradas»
. Las poblaciones de todo el mundo han visto siempre en las montañas la fuente del agua, la vida, la fertilidad y el bienestar en general. Las montañas han sido y en algunos lugares siguen siendo veneradas como sede de deidades y como generadoras de las nubes y la lluvia que alimentan los manantiales, ríos y lagos imprescindibles para la existencia misma de las sociedades.

LA ORDENACIÓN DE LOS RECURSOS DE LA MONTAÑA Y EL SUMINISTRO DE AGUA

La experiencia del monte Kenya: el impacto humano directo e indirecto

Los ríos que nacen de los glaciares del monte Kenya corren a través de los altos páramos hacia el cinturón forestal, donde la pluviosidad es más fuerte, y se recargan los ríos y los acuíferos subterráneos. El 90 por ciento del caudal en la estación seca del río Ewaso Ng'iro procede de las tierras montañosas, los páramos y los bosques de altitudes superiores a 2 400 metros que circundan el monte Kenya. En las laderas más bajas y en los valles, tanto la población como la superficie cultivada se han triplicado con creces en los últimos 20 años, y las tomas de agua del río para riego han aumentado de manera considerable. Actualmente, el 60 por ciento de los habitantes de la cuenca del Ewaso Ng'iro viven en esta zona y el resto viven aguas abajo en las llanuras semiáridas, donde necesitan para su subsistencia el agua que les llega de más arriba.

El descenso del caudal fluvial en la estación seca es un grave problema: desde los años sesenta, el caudal medio en la estación seca del río Ewaso Ng'iro se ha reducido en las tierras bajas a la octava parte de su nivel anterior. Desde el decenio de 1980, el río antaño perenne ha conocido períodos prolongados en que ha dejado de fluir. En consecuencia, los ecosistemas irrepetibles de las reservas de caza mayor de Samburu y Buffalo Springs en las tierras bajas sufren durante el período de sequía, lo que repercute negativamente sobre el turismo, fuente principal de divisas en la región. Los pastores nómadas y su ganado, así como la fauna de las tierras bajas, resultan muy perjudicados y se ven obligados a trasladarse aguas arriba en busca de agua y pastizales, de lo que resultan conflictos con los agricultores.

Hay dos factores principales que afectan al caudal de los ríos en las tierras bajas:

El crecimiento de las tomas de agua.
El crecimiento demográfico y la inmigración a la zona alrededor del monte Kenya eleva el consumo de agua como bebida, para uso industrial y urbano y, sobre todo, para riego. Además, las tomas de agua no se controlan ni administran debidamente. En la actualidad, la cantidad de agua que se toma es diez veces superior a la que debería permitirse con una correcta supervisión. Se precisa con urgencia supervisar las tomas, mejorar los procedimientos de adjudicación y control.

Cambios e intensificación del uso de la tierra.
Los cambios en el uso de la tierra han repercutido también sobre el caudal fluvial y la calidad del agua. La eliminación de la cubierta vegetal y el uso más intenso de las laderas septentrionales del monte Kenya (Figura 2) han incrementado la escorrentía durante las tormentas, produciendo erosión y contaminación de las aguas superficiales. En los últimos años se han registrado inundaciones repentinas, antes desconocidas, que anegan las viejas casas de campo y los albergues de turismo. Se está investigando todavía para cuantificar el impacto de las actividades humanas y del cambio en el uso de la tierra sobre la escorrentía y las inundaciones, así como sobre el caudal fluvial en la estación seca.


FIGURA 2 Evolución del uso de la tierra: bosques (derecha), cultivos en gran escala (Izquierda), cultivos en  pequeña escala (centro) ¿Cuáles son las consecuencias para los caudales de los ríos?

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Las mediciones de la humedad del suelo según sus diversos usos indican el agua que se pierde por evapotranspiración. Comparando los bosques naturales con las plantaciones y las tierras de cultivo en el monte Kenya se ha visto que el suelo más seco es el de las plantaciones de cipreses, donde el agua se usa mucho más rápidamente que en los bosques naturales. Las precipitaciones no son suficientes para reponer el agua subterránea. En el bosque natural, el suelo está más húmedo y hay períodos de reposición del agua freática. Es natural que un árbol de crecimiento rápido consuma más agua, en términos absolutos, que uno de crecimiento lento (pero no necesariamente por cada metro cúbico de madera producida). En cultivos como el de la papa, el suelo tiene un mayor contenido de agua y la reposición de agua subterránea es mayor. A pesar de la escorrentía durante las tormentas fuertes, las tierras de cultivo son las que mejor contribuyen al agua subterránea y al caudal de los ríos.

La experiencia del Himalaya: el efecto de escala

Se da por supuesto generalmente que las inundaciones en Bangladesh son debidas a la deforestación y a otras actividades humanas en el Himalaya (Figura 3). No obstante, aunque de las montañas fluyen caudales de agua vitales hacia las tierras bajas durante la estación seca, no parece que su papel sea determinante en la producción de inundaciones en Bangladesh.


FIGURA 3 Degradación de la tierra en la cuenca del Jhikhu Khola en las montañas medias de Nepal, causante de inundaciones locales y transporte de sedimentos en los ríos

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Tanto el Ganges como el Brahmaputra discurren por varios países, de manera que la «culpa» de las inundaciones en Bangladesh ha llegado a ser una cuestión geopolítica sensible. Entre científicos y políticos se discute apasionadamente en qué medida las inundaciones son naturales y hasta qué punto están condicionadas por las actividades humanas en las tierras altas.

Los estudios recientes (Hofer, 1998) indican que las inundaciones en Bangladesh e India son independientes de las actividades humanas en el Himalaya. Ni la frecuencia ni el volumen de las inundaciones han aumentado en Bangladesh en los últimos 120 años. Por ejemplo, las lluvias extraordinarias de los días 19 y 20 de julio de 1993 en Nepal oriental y central tuvieron efectos catastróficos localmente, con inundaciones y corrimientos de tierras en varios distritos. Sin embargo, el nivel del Ganges cerca de la frontera entre India y Bangladesh no se vio afectado. La cresta de la inundación de los afluentes nepalíes se había nivelado al pasar de las montañas a la llanura. Las fortísimas precipitaciones en las montañas y en las llanuras contiguas casi no tuvieron efecto aguas abajo en Bangladesh. Así pues, a nivel local, el uso de la tierra puede repercutir en la escorrentía, la erosión y las inundaciones, mientras que a nivel regional la inundación es un peligro natural que escapa en gran medida al control humano. Por otra parte, la sustitución de los bosques por cultivos cuidadosamente administrados y abancalados no tiene efectos negativos sobre la erosión, el transporte de sedimentos o las inundaciones (Hamilton, 1987, Hofer y Messerli, 1997).

Experiencia en los Alpes suizos: la función hidrológica de los bosques

La contribución de las montañas suizas al caudal del río Rin en los Países Bajos es desproporcionada, variando estacionalmente del 30 por ciento en invierno al 70 por ciento en verano, cuando el caudal es mínimo en los afluentes de la llanura pero elevado en los Alpes por la fusión de la nieve y el hielo. Similares proporciones elevadas de agua de las montañas en el caudal anual se observan en los ríos Ródano (el 32 por ciento de superficie montañosa aporta el 47 por ciento del caudal en la llanura) y Po (el 32 por ciento de superficie montañosa aporta el 56 por ciento del caudal en la llanura).

La importancia de la región alpina se basa sobre todo en que el efecto orográfico favorece las precipitaciones. En buena parte, éstas se producen en forma de nieve en altitudes elevadas y pueden formar depósitos de nieve y glaciares que se traducen en una dilatada escorrentía en verano, la estación de crecimiento. Las cuencas de captación alpinas se caracterizan por una descarga media anual por unidad de superficie muy superior (más de 30 l/s por km2) a la de las cuencas de las llanuras de Europa central (unos 10 l/s por km2).

Los ríos alpinos fueron antaño importantes arterias comerciales y de transporte. En la primera mitad del siglo XIX se enviaban grandes cantidades de madera de los Alpes a Francia y a Holanda. En ese período Suiza sufrió repetidamente grandes inundaciones que costaron decenas de vidas y causaron extensos daños (Figura 4). Los especialistas forestales y los políticos alertaron entonces sobre la vinculación entre la tala de árboles y la creciente escorrentía, lo que influyó sobre la promulgación de la primera ley forestal nacional en 1876, que contenía disposiciones estrictas para la protección de los bosques. Estudios más recientes, sin embargo, indican que algunos sucesos naturales del pasado siglo fueron tan extremos que habría habido inundaciones aunque no se extrajera madera. La relación entre deforestación y aumento de la escorrentía es mucho más compleja de lo que se suponía entonces, o incluso se supone hoy en algunos sectores.

Experimentos clásicos realizados en el Emmental muestran que después de tormentas sin precipitaciones excesivas las crecidas son menores en los ríos con cuencas boscosas que en aquellos cuyas cuencas carecen de una buena cubierta vegetal (Burger, 1954). En otras palabras, las crecidas de los ríos disminuyen cuando el agua se libera más gradualmente de los terrenos boscosos, a diferencia de los suelos con menos capacidad de infiltración y almacenamiento. En estos últimos, la escorrentía será mayor, y más elevado y violento el caudal del río en caso de tormenta. La descarga total anual es menor en zonas forestales que en las des provistas de arbolado, debido a la evapotranspiración. Estudios análogos en otros países han llegado a las mismas conclusiones básicas, aunque han dejado claro que, además de la capa forestal, otros factores como las condiciones geológicas y edafológicas, la morfología y el clima pueden tener una influencia considerable sobre la escorrentía (Bosch y Hewlett, 1982).

FIGURA 4 En el siglo XIX se pensaba que la lata de bosques y el pastoreo excesivo eran las causas principales de fuertes inundaciones destructoras, como las de la cuenca del Lambach cerca de Brienz, Suiza, en 1893.
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FIGURA 5 La influencia del bosque en la reducción de la gran escorrentía cesa en cuanto el suelo se satura. Toda el agua de lluvia adicional correrá inmediatamente y se abrirá paso hacia los ríos causando inundaciones

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Está claro que la tasa de infiltración y la capacidad de almacenamiento del suelo en el bosque tienen una enorme importancia (Keller, 1992). Los bosques con suelos de buena estructura y ricos en materia orgánica tienen una capacidad de retención de agua relativamente elevada. No obstante, la influencia del bosque cesa en cuanto el suelo está saturado (Figura 5). Cuando esto sucede, como fue el caso de las lluvias excepcionales en Suiza el siglo pasado, es más fácil que ocurran inundaciones.

EL USO DE LAS MONTAÑAS, LOS RECURSOS HÍDRICOS Y LOS BOSQUES

Los estudios de casos indican que el uso de los recursos de las montañas produce efectos directos e indirectos.

Los efectos directos son:
· el uso del agua de los ríos y acuíferos mediante tomas de superficie y bombeo de agua subterránea repercute sobre la cantidad de agua;

· la contaminación de la fuente por la descarga en los ríos de aguas residuales afecta a la calidad del agua.

Como estos efectos pueden comprobarse, si es preciso y hay voluntad política pueden dictarse normas para controlar tanto el uso del agua como los desagües (lo que incluye el tratamiento del agua y el uso de ciertos productos químicos).

Los efectos indirectos son:
· el uso de la tierra que altera el ciclo y la cantidad del agua (por ejemplo, el caudal del río);

· la contaminación difusa (también llamada contaminación dispersa o zonal), que influye sobre la calidad del agua; en muchas partes del mundo es la causa principal de contaminación de ríos y aguas freáticas.

Los efectos indirectos son mucho más difíciles de identificar y cuantificar que los directos, por las complicadas interacciones de tierra, suelo y vegetación, y son por lo tanto más difíciles de combatir.

¿Qué efecto tiene el uso de la tierra sobre la disponibilidad de agua dulce?


Para evaluar los efectos del uso de la tierra en las montañas sobre los recursos hídricos es esencial comprender cómo los cambios y en particular la intensificación del uso de la tierra condicionan el ciclo del agua.

Si las precipitaciones son en cualquier momento superiores a la tasa de infiltración del suelo (su capacidad de absorber el agua), se produce la escorrentía de superficie. La escorrentía acelerada aumenta el riesgo de erosión, que reduce la fertilidad del suelo y su capacidad para almacenar agua. Puede reducirse así la cubierta vegetal y la productividad, empujando a la población a intensificar el uso de la tierra. La consecuencia es una degradación mayor de la vegetación y una nueva merma de la productividad. Se altera el ciclo del agua y se cae en un círculo vicioso de degradación (Liniger, 1995). Por sencillo que sea este principio, es difícil determinar qué tipo de uso de la tierra, con qué tipo de suelo, y en qué condiciones climáticas se inicia el círculo de degradación, y en qué punto se pierde para las generaciones futuras la capacidad de recuperación.

La vegetación natural se caracteriza en general por unas tasas elevadas de infiltración en comparación con otros tipos de cobertura del terreno con una base edafológica similar. Como en condiciones naturales suele haber varios niveles de vegetación, las capas superiores de los suelos están bien protegidas y estructuradas; todo cambio que se aparte de la vegetación natural para dar paso al uso forestal, plantaciones, pastizales o cultivos puede reducir la capacidad de infiltración y almacenamiento de agua en el suelo.

A menudo la sustitución de la cubierta forestal natural por otros tipos de vegetación y de uso de la tierra supone una degradación de los recursos naturales. Las observaciones y los resultados de la investigación muestran que en los primeros años tras el cambio en el uso de la tierra, cuando se retira la capa vegetal y se remueve la capa superior, se producen una escorrentía y una erosión del suelo importantes. Sin embargo, según el nuevo uso que se dé a la tierra, después de los primeros años de transición los efectos negativos pueden reducirse con el establecimiento de mejores prácticas de gestión y la restauración de una buena cubierta vegetal (Hamilton, 1987). La cubierta adecuada del suelo, la gestión eficiente y las prácticas de conservación son importantes para el uso sostenible de los recursos. Por todo el mundo se han desarrollado en las montañas sistemas agrícolas que no destruyen los recursos naturales, con procedimientos bien adaptados localmente para el uso del agua y de la tierra.

Los cambios en el uso de la tierra y en la vegetación afectan no sólo a la escorrentía sino también a la evapotranspiración. Entre las tierras de cultivo, los pastizales y los bosques, son las primeras las que tienen menor nivel de evapotranspiración, y los bosques el más alto. A mayor evapotranspiración, menor es la reposición del agua freática y la contribución al caudal fluvial. No obstante, hay grandes diferencias según las especies de plantas y la intensidad de la producción.

Otra dificultad para evaluar el impacto del uso de la tierra sobre los recursos hídricos es el problema de la escala (Hamilton, 1987). Aunque a escala local pueden determinarse los efectos, el resultado de la acción del hombre en las grandes cuencas es difícil de precisar y parece resultar insignificante.

Efectos del uso de la tierra sobre la calidad del agua

Toda intensificación del uso de la tierra que sustituya los bosques naturales por plantaciones o cultivos es probable que reduzca la calidad del agua. Aun cuando no se altere el ciclo del agua, el uso de fertilizantes, insecticidas, herbicidas y otras sustancias puede contaminar el agua de ríos y arroyos. El atarquinamiento es también un problema cuando las tasas de erosión aumentan por la destrucción de la cubierta vegetal. Al aumentar la escorrentía, es probable que la contaminación difusa llegue a ser una amenaza grave para la calidad del agua. Mientras que en muchos casos la contaminación de fuente se ha reducido en los últimos años, la contaminación difusa ha aumentado y es una amenaza mucho más grave.

Clarificación del papel de los bosques de montaña


Durante generaciones se ha atribuido a los bosques el papel de proveedores y protectores de los recursos hídricos. Cuentos populares y mitos ilustran por todo el mundo la idea de que los bosques naturales ofrecen agua limpia y pura (Küchli, 1997). Sin embargo, sólo en pocos casos se ha documentado debidamente este hecho en comparación con otros usos de la tierra (como plantaciones forestales, pastizales o cultivos) en relación con el caudal fluvial, la reposición de las capas freáticas y la calidad del agua. Aunque es probable que un uso más intenso de la tierra repercuta negativamente sobre la calidad del agua, no hay datos suficientes para cuantificar este efecto. Además, los efectos sobre el ciclo del agua de la disponibilidad de agua, la erosión y la productividad del suelo siguen siendo dudosos en muchos casos. Los bosques de las montañas suelen ofrecer condiciones favorables para almacenar el exceso de agua de la lluvia, mientras que la escorrentía puede ser mayor en otros tipos de terreno y con otros usos de la tierra, como los cultivos que pueden compactar el suelo, o el pastoreo excesivo que también reduce la cubierta vegetal.

Aunque los suelos forestales retienen el agua, la evapotranspiración es también mayor en los bosques que en otros tipos de vegetación (Hamilton, 1987). Así pues, los bosques pueden consumir más agua y dejar menos para los ríos y la reposición de la capa freática que otros tipos de uso de la tierra. Lamentablemente, hay pocas investigaciones de la productividad forestal y los diferentes tipos de uso del agua. Además, no está bien determinado el papel de los bosques naturales de las montañas en la captación de la precipitación adicional debida a la niebla (bosques nebulosos).


FIGURA 6 Los glaciares y los bosques naturales de Weisshorn son fuentes de agua de las montañas abundante y de buena calidad

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FIGURA 7 Depósitos de agua de las montañas para la humanidad
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Los bosques han sido protegidos por el mito, apoyado en algunos hechos probados, de ser «buenos» para la humanidad. Es ya tiempo de aclarar las múltiples funciones de los bosques de montaña. Entre éstas están el suministro de agua limpia y suficiente (Figura 6) y de productos forestales, el mantenimiento de la biodiversidad y la protección contra peligros naturales como aludes, corrimientos de tierras y desprendimientos de rocas, así como la influencia sobre el clima.

CONCLUSIONES

Las montañas tienen una importancia determinante para el suministro de agua para el consumo y la producción de alimentos y energía y para la industria. El agua de los manantiales de montaña alimenta también unos ecosistemas privilegiados y la biodiversidad tanto de los montes como de los valles.

Las regiones montañosas están actualmente amenazadas por la deforestación, la agricultura y el turismo, así como por la creciente demanda de sus recursos en los valles densamente poblados (Figura 7). A menudo son zonas marginales para ser habitadas por el hombre, por las dificultades derivadas de las fuertes pendientes, la pobreza de los suelos, las temperaturas frías y la inaccesibilidad. Los valles próximos suelen ser más favorables para los asentamientos, la agricultura y la industria, pero dependen de los recursos hídricos de las montañas.

La vigilancia de los recursos naturales y de su uso y la evaluación de los efectos causados por los cambios en el uso de las tierras altas sobre la disponibilidad y la calidad del agua en los valles son las primeras medidas que se precisan para una buena ordenación. Mientras que los efectos de las alteraciones en el uso de la tierra sobre la escorrentía y la erosión pueden cuantificarse claramente en parcelas experimentales y pequeñas captaciones, los efectos sobre la hidrología necesitan una investigación más detenida (Liniger y Gichuki, 1994). Se podrán así comprender y determinar mejor los límites o umbrales esenciales para el uso de la tierra y su intensificación.

Se necesita a nivel local, nacional e internacional una gestión integrada de los recursos que abarque tanto las montañas como las tierras bajas, así como una mejor cooperación entre investigadores, planificadores, administradores y usuarios en todos los niveles. Hay que evaluar los efectos de las futuras actividades humanas en las cuencas altas sobre la disponibilidad de recursos aguas abajo, para poder introducir políticas mutuamente beneficiosas. Sólo la gestión integrada de las cuencas fluviales puede asegurar el uso eficiente, la distribución equitativa y la administración y regulación efectivas del agua de las montañas en beneficio de toda la humanidad.


Notas
1 Con contribuciones de B. Messerli (Instituto de Geografía, Universidad de Berna), C. Küchli (consultor forestal independiente), A. Bisaz (Agencia Suiza de Cooperación para el Desarrollo), U. Lutz (Agencia Suiza de Cooperación para el Desarrollo) y M. Grosjean (Instituto de Geografía, Universidad de Berna).


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Fuente: FAO

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