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F: Oxfan



Resumen ejecutivo

Combatir la desigualdad es uno de los desafíos más urgentes que deben enfrentar las sociedades latinoamericanas en su búsqueda del desarrollo sostenible. Difícilmente será posible lograrlo sin políticas que aborden uno de los problemas históricos no resueltos en la región: la extrema concentración en el acceso y control de la tierra y en el reparto de los beneficios de su explotación.
La lucha por la tierra ha provocado conflictos internos, desplazamientos y violaciones de derechos humanos. Los intentos de reforma agraria han fracasado de forma generalizada, en gran medida porque la entrega de tierras a familias campesinas no se acompañó de políticas que hiciesen viable la agricultura familiar. A menudo se corrompió, beneficiando a personas allegadas al poder y no a quienes más las necesitaban.Y muchos avances importantes se revirtieron posteriormente con políticas que desregularon el mercado de tierras y facilitaron la acumulación.
Mientras, extensas superficies de bosques, pastos, costas y otros recursos de propiedad comunitaria han sido arrebatadas a sus legítimos dueños ancestrales, cuyos derechos territoriales se vulneran sistemáticamente. Los Estados han sido incapaces de subvertir el poder de las élites que dominan la tierra, arraigado en un imaginario colectivo que subvalora, explota y discrimina a las personas que la trabajan y tienen derechos sobre ella, en especial las comunidades indígenas y afrodescendientes.
Como resultado, hoy la concentración en el reparto y control de la tierra es aún mayor que antes de ponerse  en marcha políticas redistributivas en la década de 1960. La desigualdad en torno a la tierra no solo afecta al mundo rural, sino que es un obstáculo para el desarrollo sostenible pues limita el empleo, amplía los cinturones de pobreza urbana y socava la cohesión social, la calidad de la democracia, la salud del medioambiente y la estabilidad de los sistemas alimentarios locales, nacionales y globales. Una mejor distribución de la tierra asignaría de forma más eficaz los recursos ya que está demostrado que las fincas pequeñas pueden ser más productivas que las grandes, si se les dan las condiciones adecuadas. Y, sobre todo, contribuiría a reducir la pobreza, el hambre y la desigualdad al repartir mejor la riqueza y los ingresos.
No por casualidad el acceso igualitario a la tierra se ha definido como una meta clave para tres de los objetivos en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible adoptada por más de 150 jefes de Estado en 2015 en el marco de la Cumbre de las Naciones Unidas: terminar con la pobreza (objetivo 1), eliminar el hambre (objetivo 2) y alcanzar la igualdad de género (objetivo 5).

Se trata de una meta imprescindible en América Latina, la región del mundo con mayor desigualdad en la distribución de la tierra. Los datos son demoledores: más de la mitad de la tierra productiva en la región está concentrada en el 1% de las explotaciones de mayor tamaño, según el análisis de los censos agropecuarios realizado por Oxfam.
En otras palabras, el 1% de las fincas utiliza más tierra que el 99% restante. El caso más extremo es el de Colombia, donde más del 67% de la tierra productiva está concentrada en el 0,4% de las explotaciones. Chile y Paraguay no se quedan atrás en desigualdad, pues en estos países el 1% de las explotaciones acapara más del 70% de la tierra.
Mientras que los grandes latifundios se hacen cada vez más con el territorio, las pequeñas fincas familiares quedan arrinconadas o van desapareciendo. Pese a representar más del 80% del total de explotaciones censadas, las pequeñas fincas apenas utilizan el 13% de la tierra productiva, según los últimos datos disponibles.
De nuevo Colombia es el país más desigual, pues el 84% de las explotaciones más pequeñas manejan menos del 4% de la superficie productiva, así como Paraguay, donde más del 91% de las fincas apenas ocupan el 6% de la tierra.

Las mujeres son especialmente marginadas en el acceso a la tierra, pues a pesar de que en todos los países se reconoce la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en la práctica ellas manejan menos tierra que los hombres –entre un 8% en Guatemala y un 30% en Perú– y en parcelas más pequeñas, de peor calidad y en condiciones de tenencia más inseguras. Esta exclusión histórica, fruto de barreras culturales e institucionales muy arraigadas, limita la autonomía económica y el ejercicio de otros derechos económicos y sociales de las mujeres.
Pero la desigualdad en torno a la tierra no se limita a la forma en que se distribuye la superficie productiva. La competencia por la tierra y la concentración de poder en torno a ésta se han intensificado en los últimos años con la acelerada expansión del extractivismo, un modelo productivo basado en explotar los recursos naturales con el fin de producir grandes volúmenes de materias primas –recursos minerales, hidrocarburos, productos agroindustriales, ganaderos y forestales– fundamentalmente para el mercado global.
Las concesiones mineras y petroleras se han multiplicado desde el año 2000 en Bolivia, Colombia, Perú y Ecuador. Las plantaciones forestales en la región crecen a un ritmo de más de medio millón de hectáreas cada año, ocupando una fracción cada vez mayor del territorio en Chile, Brasil y México. La ganadería avanza de forma imparable sobre el Gran Chaco (en Argentina, Paraguay y Bolivia), provocando las mayores tasas de deforestación del mundo y amenazando la supervivencia y el bienestar de pueblos indígenas, algunos de ellos no contactados. Y la producción agrícola, liderada por cultivos como la soja, la caña de azúcar y la palma aceitera, bate récords de superficie año tras año en Brasil, Argentina y Paraguay.

Este auge del extractivismo ha contribuido a impulsar el crecimiento económico en la región y a mejorar los servicios públicos en países que supieron aprovechar la bonanza de precios para aumentar su inversión social. Pero la dependencia de las materias primas implica un riesgo importante por la volatilidad en los mercados internacionales, elevados costes ambientales y sociales y un aumento de la desigualdad a consecuencia de la acumulación de la riqueza y el poder.
Por su propia naturaleza, las actividades extractivas concentran los beneficios en manos de unas élites que despliegan su dominio sobre la tierra para acceder a todas las fuentes posibles de materias primas. Distintas formas de control más allá de la propiedad –como el alquiler, las concesiones a largo plazo, la producción bajo contrato y la integración de las cadenas de valor– han reconfigurado el poder en torno a la tierra a través de un complejo sistema de relaciones comerciales, políticas y financieras.
La máxima expresión de este poder son las corporaciones multinacionales, que no necesariamente poseen la tierra, pero que participan en el control de sus recursos a través de la producción agropecuaria a gran escala, la explotación de reservas minerales y de hidrocarburos, y el dominio de puntos estratégicos de acceso a los mercados.
En Bolivia y Paraguay, por ejemplo, unas pocas transnacionales controlan las exportaciones de soja y otras materias primas agrícolas.Para competir en una economía globalizada, las viejas élites se han aliado con nuevos socios y las empresas familiares han diversificado sus líneas de negocio, ampliado su alcance y consolidado una presencia cada vez mayor en los mercados internacionales, transformándose en poderosas corporaciones translatinas.
Estas élites económicas utilizan su poder para influir sobre las decisiones políticas y regulatorias que afectan a sus intereses a través de mecanismos que van desde la financiación de partidos hasta el tráfico de influencias, pasando por el lobby, las puertas giratorias o el control de los medios de comunicación. Por medio de esta “captura política” aprovechan los recursos públicos para la máxima obtención de beneficios privados, alimentando la desigualdad.
Los inversores y las corporaciones internacionales, por su parte, blindan sus intereses mediante instrumentos que a menudo desprotegen los derechos de las personas y debilitan la soberanía nacional. Los acuerdos de libre comercio y de inversión contemplan mecanismos de resolución de controversias que permiten a una empresa inversora demandar ante un tribunal internacional de arbitraje –pasando por encima de los tribunales nacionales– a un Estado que adopte cualquier medida que considere perjudicial para sus futuras ganancias.
Los Estados se exponen a multas millonarias, incluso cuando actúen por objetivos de interés público, como la protección de la salud de las personas o el medio ambiente, o el respeto del derecho al territorio de los pueblos indígenas.
Países como Argentina, México, El Salvador, Ecuador, Perú y Venezuela se han enfrentado a este tipo de litigios y algunos han sido sancionados por cancelar o denegar licencias para realizar actividades extractivas.
Mientras, los gobiernos de la región han reducido su intervención reguladora para dejar que el mercado asigne la tierra a su uso más “productivo”, suavizando los límites a la propiedad que algunos países habían introducido para evitar el acaparamiento. Con pocas excepciones, han abandonado la inversión pública en la agricultura familiar campesina e indígena y han desatendido su obligación de reconocer, formalizar y proteger la propiedad colectiva de las comunidades indígenas y afrodescendientes. A fin de atraer la inversión externa, muchos han desplegado incentivos y privilegios fiscales que contribuyen a perpetuar la desigualdad y detraen recursos de las arcas públicas.

Con el avance del extractivismo se han multiplicado los conflictos territoriales, disparándose de forma alarmante los índices de violencia contra quienes defienden la tierra, el agua, los bosques y los derechos de las mujeres, los pueblos indígenas y las comunidades campesinas. Estos grupos vulnerables son perseguidos, agredidos y criminalizados por resistirse a actividades que atentan contra sus medios de vida, su salud y el
entorno en el que viven y de cuyos beneficios no suelen participar.
El conflicto entre los intereses de sectores privilegiados, frecuentemente respaldados por políticas hechas a su medida, y los derechos de las mayorías rurales ha dado lugar a una verdadera crisis de derechos humanos en la región. Con 122 defensores y defensoras asesinados, 2015 fue el peor año en la historia reciente de América Latina para la defensa de los derechos humanos. Más del 40% de los casos estaban relacionados con la defensa de la tierra y el territorio, el medio ambiente y los derechos de los pueblos indígenas.
Las mujeres están en primera línea en las luchas por la tierra y sufren formas específicas de violencia como el acoso sexual, las agresiones verbales o el hostigamiento a sus familias. El asesinato de la activista hondureña Berta Cáceres por encabezar la resistencia a un proyecto hidroeléctrico expuso la extrema vulnerabilidad de las mujeres defensoras y la pasividad –cuando no la complicidad– de gobiernos, como el hondureño, que incumplen reiteradamente su obligación de proteger los derechos de la ciudadanía.
Los pueblos indígenas también están en una situación especialmente vulnerable, pues sus territorios albergan un tercio de las tierras que se destinan a la explotación minera, petrolera, agroindustrial y forestal en todo el mundo. Los países de la región han ratificado los instrumentos internacionales que reconocen los derechos de los pueblos indígenas a la tierra y al territorio, así como el derecho a la consulta y a un consentimiento previo, libre e informado. Sin embargo, los procesos de demarcación, titulación y consulta avanzan a un ritmo extremadamente lento frente a la acelerada ocupación y destrucción de sus tierras en países como Brasil, Paraguay, Honduras, Colombia o Guatemala.

La expansión del modelo extractivista arrincona cada vez más a las poblaciones campesinas, cuyos miembros recurren a la ocupación y otras formas de movilización para demandar su derecho a la tierra frente a sectores con mucha mayor influencia política. Al hacerlo se arriesgan a sufrir agresiones, ataques y hostigamiento por parte de fuerzas estatales, cuerpos de seguridad privada o bandas criminales al servicio de intereses económicos. En Colombia, por ejemplo, los grupos paramilitares que operan ilegalmente son responsables de dos de cada tres ataques y homicidios contra defensores y defensoras rurales.
La creciente persecución y criminalización de comunidades indígenas y campesinas, mujeres y hombres en defensa de la tierra y los recursos naturales, forma parte de una estrategia de represión que se extiende por toda América Latina.
Utiliza tácticas como la militarización de los territorios, los estados de excepción, la intervención de agentes de seguridad privada codo a codo con fuerzas policiales y militares o la instrumentalización del aparato judicial para deslegitimar la protesta social. Gracias a la acción colectiva hoy existe mayor información y preocupación que nunca acerca de los daños sociales y ambientales asociados al extractivismo. Pero nunca antes la vida de activistas, periodistas, defensores y defensoras había estado tan en peligro.
En esta lucha por la tierra y la defensa de los derechos humanos, los movimientos sociales –y en particular la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC-VC) y la Red Centroamericana de Mujeres Rurales, Indígenas y Campesinas (RECMURIC)- han desempeñado un papel protagónico en momentos cruciales y durante muchos años por lograr esta demanda esencial para las comunidades indígenas y campesinas.
Este panorama muestra de forma contundente que para erradicar la pobreza y alcanzar el desarrollo sostenible en América Latina es imprescindible una redistribución de la propiedad y el control de la tierra, así como de los beneficios e impactos del extractivismo, asegurando tanto los derechos individuales como los colectivos. Estos objetivos deben regresar al centro del debate político sobre cómo avanzar hacia sociedades más prósperas e inclusivas.
Se requieren acciones audaces para emprender un nuevo camino que priorice el acceso y control de la tierra para todas las personas y comunidades que dependen de ella, así como a los recursos necesarios para que puedan desarrollar medios de vida dignos y sostenibles y contribuir así a un crecimiento económico inclusivo.
Desde Oxfam hacemos un llamado a los actores en la región –gobiernos, organismos, movimientos sociales, empresarios y centros académicos– a unir fuerzas para que los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible no queden solamente en el papel, dedicándose en particular al cumplimiento de las metas 1.4, 2.3 y 5.7 sobre el acceso seguro y equitativo a la propiedad y al control de las tierras.
Para ello es necesario detener las prácticas que fomentan la desigualdad y promover una nueva redistribución de la tierra. Por eso, Oxfam exhorta:
A todas las instituciones internacionales influyentes que trabajan en la región, tales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, a:
Situar este reto en el centro del debate sobre cómo reducir la desigualdad económica y social en la región, y redoblar los esfuerzos por redistribuir la tierra.
A las instituciones internacionales que financian el desarrollo, a:
Incluir este reto en sus análisis de inversión y riesgo; abordarlo en todos sus proyectos que afectan al uso de la tierra y los recursos naturales; y aplicar robustos estándares de derechos humanos en sus operaciones de financiamiento, así como mecanismos de control y sanción a los inversores y Estados que los incumplan.
A las empresas y corporaciones, y a todos los inversores nacionales e internacionales en la región:
En todas sus operaciones: aplicar estrictamente los Principios Rectores de Naciones Unidas sobre Empresas y Derechos Humanos; poner en práctica lo que les corresponde en las Directrices acordadas por el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial sobre la Gobernanza Responsable de la Tenencia de Tierra; y asegurar el pleno cumplimiento de todos los convenios internacionales de derechos humanos, incluyendo la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.
Instamos, además, a los gobiernos de la región a fortalecer los derechos de las personas y eliminar los privilegios de las élites con acciones encaminadas a:
1.Responder de forma urgente y efectiva a la demanda por el acceso y control de la tierra y los medios de producción por parte de las poblaciones rurales, adoptando medidas concretas que contribuyan a una redistribución de la propiedad de la tierra y a una mayor equidad, y poniendo en práctica las Directrices sobre la Gobernanza Responsable de la Tenencia de la Tierra;
2.Reconocer a las mujeres rurales como ciudadanas plenas, sujetos de derechos, y por su papel clave en las economías familiar y nacional, y garantizar su acceso a la tierra y otros recursos productivos, lo que requiere políticas específicas con enfoque de género para vencer los obstáculos que impiden a las mujeres ejercer
su derecho a la tierra;
3.Proteger los derechos territoriales colectivos de comunidades indígenas y afrodescendientes, en cumplimiento con la Declaración de
las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, y facilitar el avance en los procesos de titulación;
4.Garantizar el derecho a la consulta con la implementación de normativas y mecanismos para que toda comunidad afectada por inversiones en tierras y actividades de extracción y explotación de los recursos naturales pueda dar o negar su consentimiento libre, previo e informado;
5. Limitar el poder de las élites y su capacidad de influir sobre el diseño e implementación de políticas públicas mediante un marco normativo efectivo que equilibre la representación política y proteja el interés público;
6.Impulsar políticas económicas y de inversión que fomenten un crecimiento económico equilibrado y diversificado, priorizando el desarrollo territorial, el respeto al medioambiente, la generación de empleo y la fiscalización de las condiciones laborales, y a la vez estableciendo un marco regulatorio para asegurar la distribución más equitativa de los beneficios que resulten de las formas indirectas de dominio sobre la tierra, tales como las distintas modalidades de alquiler de tierras y los contratos de producción y acopio;
7.Prevenir los impactos de las actividades de extracción y explotación de los recursos naturales con una normativa exigente de los estándares internacionales y con controles más estrictos de los impactos ambientales, sociales y culturales, limitándolas o prohibiéndolas cuando su realización vulnere los derechos de las comunidades y pueblos afectados;
8.Establecer sistemas tributarios que aseguren el pago justo con respecto a la propiedad de la tierra y las ganancias obtenidas con su explotación y que desincentiven la acumulación de la tierra con fines especulativos;
9. Combatir la impunidad, implementando mecanismos de prevención y protección que eviten toda forma de violencia y criminalización contra lideresas y líderes indígenas, afrodescendientes y campesinos, así como contra defensores y defensoras del territorio y de los derechos humanos;
10.Garantizar el acceso a la justicia a través de la independencia e imparcialidad de los operadores de justicia, la investigación, sanción y reparación adecuada de las violaciones de derechos humanos cometidas en contextos de inversiones en tierras y actividades de extracción y explotación de los recursos naturales.

Finalmente, Oxfam alienta a los movimientos sociales en la región a seguir exigiendo el cumplimiento de todos sus derechos y denunciando cuando se incumplan, ejercer el derecho de contraloría, y participar en los procesos legítimos de consulta que deberían ampliarse con los demás actores.
Desde Oxfam seguiremos acompañándolos en su justa lucha por el derecho a la tierra y al territorio para avanzar hacia sociedades menos desiguales, donde los privilegios de unos pocos no estén por encima de los derechos de todos y donde los recursos, las oportunidades y los beneficios del desarrollo estén mejor distribuidos.




Los cambios en el uso de la tierra, tales como los asociados al desarrollo agrícola, las actividades extractivas, la explotación de combustibles fósiles, la explotación forestal, el desarrollo urbano, el aumento del turismo en áreas costeras, así como el sistema de tenencia de la tierra, deben atenderse mediante políticas efectivas de uso de la tierra que prevengan la degradación de la misma. Esto contribuiría a alcanzar los objetivos establecidos en el párrafo 40(b) del Plan de aplicación de Johannesburgo.

Puntos para recordar

•Se requieren políticas de planificación del uso de la tierra para detener y revertir la degradación de la tierra, así como para lograr el uso sostenible de los recursos renovables;
• Los acuerdos generales entre las partes interesadas a través de la discusión o difusión de sus derechos son más efectivos para las políticas de planificación del uso de la tierra que un marco legal técnicamente perfecto.
• La participación de las comunidades en la planificación del uso de la tierra puede ser muy útil para superar el reto de la asignación de títulos de propiedad de la tierra y proyectos catastrales para grupos minoritarios.
• Usos de la tierra como la agricultura, las actividades agroforestales, la producción ganadera, el desarrollo industrial y la minería, entre otros, deben integrarse a espectro de problemas socioeconómicos y ecológicos asociados con las políticas y la planificación del uso de la tierra.

Objetivo seleccionado

El informe GEO5 proporciona un análisis científico de problemas ambientales selectos y de las soluciones disponibles para enfrentarlos, incluyendo sus costos y beneficios tanto ambientales como sociales.
Una consulta intergubernamental y de partes interesadas, realizada como parte del proceso GEO5, estableció un Panel Asesor Intergubernamental de Alto Nivel para identificar y acordar los objetivos acordados internacionalmente que serían analizados como parte del proceso GEO5, para identificar las brechas en su consecución y para enmarcar la evaluación política regional. El Panel también proveyó consejo estratégico de alto nivel para guiar a los autores de los capítulos al evaluar las brechas en la consecución de los objetivos y para identificar las opciones de política para acelerar su logro.
La Consulta Regional de América Latina y el Caribe se celebró en la Ciudad de Panamá, Panamá, del 6 al 7 de Diciembre de 2010. Los participantes de la consulta seleccionaron un conjunto de problemas ambientales regionales, junto con un conjunto de objetivos acordados internacionalmente que fueron considerados como los más efectivos para atender esos problemas.
En el caso del uso y degradación de la tierra y desertificación, la meta seleccionada es el Plan de Aplicación de Johannesburgo, párrafo 40(b), cuyo texto es el siguiente:
Plan de Aplicación de Johannesburgo, párrafo 40(b)
“Formular y aplicar planes integrados de ordenamiento de la tierra y de uso del agua basados en la utilización sostenible de los recursos renovables y en la evaluación integrada de los recursos socioeconómicos y ambientales"





En años recientes ha aumentado la presión sobre el uso de la tierra a pesar de los objetivos internacionales para mejorar su gestión. Para detener y revertir la degradación de la tierra y contribuir a garantizar que los recursos renovables se utilicen de manera sostenible, se requieren políticas que permitan realizar actividades productivas con un impacto mínimo sobre los ambientes naturales. A este respecto, podrían ser valiosas las políticas sobre uso de la tierra que eviten la transformación ineficiente de los ecosistemas.
Con base en una revisión de experiencias actuales y pasadas en América Latina y el Caribe, el quinto informe de Perspectivas del Medio Ambiente a Nivel Mundial (GEO5) recomienda un grupo de opciones de política relacionadas con la planificación multiescala del uso de la tierra.

Opciones de políticas

Los cambios en el uso de la tierra, ocasionados por una población creciente, patrones cambiantes del clima, el desarrollo económico y los mercados globales, tienen repercusiones considerables en todo el mundo, y la región de América Latina y el Caribe (ALC) no es la excepción. Se requieren políticas de uso de la tierra que involucren la participación de las partes interesadas, reglamentos e instrumentos financieros para sustentar el progreso sostenible de las actividades socioeconómicas, reducir los riesgos de desastres, fomentar una situación de tenencia de tierra más equitativa y favorecer los derechos de propiedad de la tierra de los grupos minoritarios.
La planificación multiescala del uso de la tierra con acciones orientadas al desarrollo o la implementación de planes de uso de la tierra constituye una herramienta valiosa en este sentido (ver el Recuadro 1).
Los planes de uso de la tierra consideran todos los recursos y dimensiones involucradas en el proceso de desarrollo y contribuyen a implementar una gestión integrada del uso de la tierra, planear el aprovechamiento de los recursos hídricos y las prioridades de conservación, al mismo tiempo que fomentan la participación incluyente de las partes interesadas. La planificación del uso de la tierra considera varios elementos inseparables: tierra, recursos renovables y no renovables, actividades económicas actuales y una visión coherente de las tierras actuales e históricas y sus usos, los servicios existentes, la accesibilidad y las influencias culturales. También es necesario considerar los usos de la tierra para actividades agrícolas, agroforestales, producción ganadera, desarrollo industrial y minería, entre otros.1-2-3

En un contexto más amplio, la planificación del uso de la tierra también debería incluir las zonas costeras y marinas. Las fuentes de contaminación y las actividades de origen terrestre constituyen una amenaza importante para los hábitats costeros y marinos. Del mismo modo, la integridad de los ecosistemas marinos y costeros, que está ligada al bienestar en zonas terrestres, también afecta la capacidad de recuperación social, especialmente en términos de salud pública y medios de subsistencia. Varios países costeros, como los estados miembros de CARICOMy México, ya están promoviendo el desarrollo de políticas para la gestión integrada de océanos y zonas costeras (ver el Estudio de caso 3).



Recuadro 1: Experiencias en américa latina en torno a la planificación multiescala del uso de la tierra Durante las décadas de 1980 y 1990 Se realizaron experiencias tempranas en el análisis multiescala del uso de la tierra en Costa Rica y Ecuador. Estos primeros esfuerzos consideraron la manera en que los patrones de uso de la tierra ponen de manifiesto la interacción entre la organización espacial de la tierra, las condiciones biofísicas subyacentes y las condiciones socioeconómicas en un territorio dado11-12. Para este fin, se combinaron tecnologías geoespaciales, datos auxiliares de estadísticas nacionales y mapas temáticos con modelos dinámicos y espacialmente explícitos del uso de la tierra y del cambio en la cobertura de la tierra (p.ej., CLUE), para obtener resultados de toma de decisiones con un valor agregado.

Este enfoque permitió detectar problemas ubicados a diferentes niveles de agregación espacial. Dado que las fuerzas motrices que afectan el cambio en el uso de la tierra son específicas de cada caso, los responsables de formular políticas deben tener una noción clara de dichas fuerzas a fin de tomar decisiones adecuadas a diferentes escalas. Por ejemplo, bajo este enfoque, una decisión económica sobre la regulación de los mercados puede ser relevante a nivel nacional, mientras que una de índole ambiental puede ser más importante para áreas pequeñas sensibles a la deforestación. Sin duda, se requiere un soporte técnico sólido para implementar dicho enfoque de planificación del uso de la tierra.


Beneficios

La planificación del uso de la tierra puede ser efectiva para detener, e incluso revertir, el agotamiento de los recursos y la degradación ambiental, además de mantener y mejorar los flujos de los servicios agroecosistémicos que contribuyen a sostener a las comunidades locales y sus medios de subsistencia y a proveer a los centros urbanos. La promoción de la reforma de la tenencia de la tierra, combinada con una gobernanza territorial eficiente, también puede contribuir al desarrollo sostenible, especialmente en los ámbitos social y económico.
Dado que existe un vínculo sólido entre los usos de la tierra, los sistemas dulceacuícolas y la biodiversidad, la planificación multiescala del uso de la tierra acarrea múltiples cobeneficios a un amplio espectro de sectores (ver la Tabla 1).



Condiciones propicias 

Las experiencias regionales muestran que es mucho más importante llegar a acuerdos generales sobre la dirección de las políticas relacionadas con la tierra que requerir, apriori, un marco legal técnicamente perfecto.
Efectivamente, los nuevos marcos legales han demostrado ser muy ineficientes, ya que se ha prestado atención insuficiente a las discusiones con las partes interesadas o a la difusión de sus derechos4.
En términos generales, y más específicamente en el caso de las tierras de las comunidades indígenas, el sentido común sugiere la necesidad de realizar consultas más cercanas con las comunidades en todas las etapas de la administración de la tierra. Los retos incluyen la necesidad de lograr la estabilización de la tenencia de la tierra, particularmente en contextos post-conflicto, tales como en Nicaragua, El Salvador, Colombia y Guatemala.

Retos y formas de avanzar

Existen varios retos asociados con la planificación del uso de la tierra, incluyendo el largo proceso de recolección de datos catastrales y de uso de la tierra, los cuales requieren información sobre los títulos de propiedad de la tierra que se dificulta por barreras legales. También podrían considerarse las evaluaciones de la aptitud de la tierra para evaluar los posibles impactos de los planes de uso de la tierra, como una forma de avanzar. La naturaleza frecuentemente ilegal de los procesos históricos de tenencia de la tierra, incluyendo el desplazamiento forzado de campesinos como resultado de conflictos civiles o esquemas corruptos pero sofisticados, es otra limitante5-6.
Adicionalmente, los costos de transacción pueden ser un obstáculo considerable para el registro, particularmente para las personas de escasos recursos4. Por último, las políticas de planificación del uso de la tierra pueden discriminar a grupos minoritarios tales como las comunidades indígenas y campesinas, dado que muchos proyectos de administración de la tierra se basan en una simple demarcación territorial7.

A fin de evitar futuras fricciones, una estructura administrativa fortalecida y más descentralizada de las agencias catastrales y de registro puede mejorar las regulaciones del proceso de asignación de títulos de propiedad de la tierra; la provisión de derechos de propiedad estables para las mujeres, campesinos desplazados, comunidades indígenas y grupos minoritarios; la concesión de derechos sobre el subsuelo a intereses económicos externos (p. ej., compañías mineras que pudieran causar intrusión física y daños en el hábitat); y la participación de las comunidades en torno a la tenencia de la tierra.



Recuadro 2: desarrollo sostenible de la industria minera en américa latina 
De las regiones del mundo, América Latina dedica la participación más importante (23%) de sus presupuestos a la exploración minera, e invierte más de 10 mil millones de USD anualmente, en donde aproximadamente el 20% del total corresponde a Chile15.


La planificación del uso de la tierra está inexorablemente vinculada a la planificación para una minería sostenible y requiere la integración y participación de las comunidades3. Los problemas que afectan la sostenibilidad minera en las comunidades de América Latina incluyen marcos regulatorios inadecuados (p.ej., baja participación de la comunidad, gobernanza y adquisición de la tierra inadecuadas), distribución limitada de los beneficios económicos, baja disponibilidad de la información, y otros retos relativos a aspectos sociales y culturales.
Es importante analizar hasta qué punto los marcos regulatorios crean un ambiente que promueve el desarrollo minero sostenible, especialmente en términos de pertenencia, impuestos, acceso a y uso de recursos, y monitoreo. Más específicamente, pueden plantearse preguntas sobre la compatibilidad de los principios subyacentes a permitir actividades mineras en áreas protegidas y en zonas pobladas. Se han logrado avances significativos a este respecto, pero permanecen retos importantes. En la mayoría de los países se han utilizado regulaciones en temas de minería y ambiente desde la década de 1990. Sin embargo, a pesar de los procesos regulatorios, muchos países no han logrado avances suficientes en la construcción de marcos coordinados de política que brinden las bases para una minería sostenible (es decir, políticas nacionales para una minería sostenible que consideren las prioridades temáticas del país).
Políticas sólidas que promueven el desarrollo de la minería sostenible enviarían un mensaje claro a los inversionistas, y también proporcionarían un marco de referencia para los planes, programas y proyectos. Cabe señalar el caso de Cuba, cuyo Consejo de Estado aprobó una política minera (julio 2008) que establece principios diseñados para promover el desarrollo sostenible de la minería mediante la creación de sistemas de control de calidad y medidas de protección ambiental, regulando los cierres de minas y determinando la recuperación de responsabilidades ambientales2. Entre los enfoques y soluciones prácticas para los problemas de sostenibilidad también se incluyen los mecanismos de consulta y asistencia1.


Replicación y transferibilidad

Varios países de ALC han aplicado o están preparando planes de administración de la tierra, incluyendo actas nacionales de gestión de zonas costeras8-9.
Debido a las diferentes maneras en que se priorizan los retos ambientales al interior de y entre subregiones, así como a niveles nacional y subnacional, deben tomarse en cuenta las particularidades locales. Esto es especialmente cierto en la planificación multiescala del uso de la tierra, dado que el proceso requiere la voluntad política, así como un conocimiento adecuado de los usos actuales e históricos de la tierra, los servicios existentes, la accesibilidad y las influencias culturales en un territorio determinado.

Recuadro 3: Planificación del uso de la tierra y grupos vulnerables
Las políticas de planificación del uso de la tierra pueden discriminar a grupos vulnerables o minoritarios (por ejemplo, pequeños granjeros, trabajadores rurales asalariados, mujeres, grupos indígenas y minorías étnicas, pastores, habitantes de zonas forestales, personas de escasos recursos en zonas urbanas). La demarcación de los territorios indígenas y la emisión de títulos de propiedad a nombre del grupo constituyen un ejemplo. También pueden surgir consecuencias en territorios indígenas en los que se conceden derechos sobre el subsuelo a intereses económicos externos (compañías petroleras y mineras), lo que ocasiona una intrusión física mayor y causa daños importantes al hábitat (p. ej. construcción de infraestructura y los caminos que los atraviesan).
Además de afectar la seguridad de la tenencia de la tierra, estos tipos de discriminación obstaculizan las inversiones a largo plazo encausadas a mantener o incrementar la productividad de la tierra (p. ej. sistemas de irrigación, conservación de la tierra, infraestructura, etc.) y, por tanto, tienen un impacto negativo sobre el proceso de desarrollo y las metas de reducción de la pobreza16.
A este respecto, muchas experiencias regionales demuestran que la participación comunitaria en la formulación de políticas sobre la tierra puede ser una estrategia de avance valiosa. Entre ellas, la cuenca del Río Xingu (Brasil) y la Gestión de la Tierra Indígena de las Tierras Comunitarias de Origen (TCO) en Bolivia constituyen ejemplos exitosos de la protección de los servicios forestales en territorio indígena13-17-18



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Estudio de Caso 1: Planificación del uso de la tierra urbana en alC - bogotá, un caso de buenas prácticas.

Con el 79% de su población viviendo actualmente en las ciudades, ALC tiene los niveles más altos de urbanización en el mundo en desarrollo. Sin embargo, frecuentemente este proceso de urbanización se ha dado sin respuestas institucionales apropiadas (p. ej., desarrollo insuficiente de la infraestructura, ausencia de planificación territorial, uso no planificado de la tierra, etc.). Esto ha generado una amplia gama de externalidades y problemas ambientales (p. ej., expansión urbana, contaminación, pérdida de tierras agrícolas, etc.)13. No obstante, algunas ciudades de América Latina han utilizado formas innovadoras de aliviar las presiones ambientales asociadas al crecimiento urbano. Entre ellas se cuenta el plan de gestión ambiental de Bogotá 2001-2009 (Plan de Gestión Ambiental del Distrito Capital– PGA).

Formulado en colaboración con las autoridades, los representantes y los ciudadanos del distrito capital, el Plan, junto con el establecimiento de un Consejo de Planificación Regional, ha promovido una mayor participación pública, estándares ambientales más altos y una gestión urbana más sólida13. Con un enfoque central en la gestión integrada del uso de la tierra, el PGA busca resolver las externalidades ambientales relacionadas con las transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y ambientales de la capital de Colombia14. Este interés por el desarrollo urbano sostenible ha llevado al PGA a considerar la ciudad como parte de un ecosistema más grande en el que se interrelacionan consideraciones locales y regionales.

El Plan de Gestión Ambiental puede sustentarse en:
• El Sistema Ambiental del Distrito Capital: el cual define los lineamientos, las normas, las actividades, los recursos y las competencias institucionales;
• El Sistema de Información Ambiental (SIA): el cual sistematiza los datos ambientales;
• El FOFIGA: un sustento financiero para programas y proyectos del PGA, el cual obtiene sus recursos a través de sanciones, multas, impuestos redistributivos, tasas compensatorias, tarifas de uso de agua, transferencias, y otros13.

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Estudio de caso 2: Planificación Regional del Uso Ecológico de la Tierra en Zonas Marinas en el Golfo de México y el Mar Caribe19

El Golfo de México y el Mar Caribe son grandes ecosistemas marinos que se caracterizan por una gran biodiversidad y variedad de recursos naturales que, al igual que la mayoría de los cuerpos de agua a nivel mundial, están sufriendo la degradación ecológica y las pérdidas de biodiversidad inducidas por las actividades humanas. En un intento orientado a la conservación y el uso sostenible de estos ecosistemas, en 2006 se creó el Programa de Ecosistemas Costeros y Marinos de México con la colaboración de 11 entidades de la Administración Pública Federal y seis estados costeros. Sobre la base de que la dinámica en sistemas marinos y costeros se ve afectada en buena medida por procesos que ocurren en tierras vecinas (y viceversa), se decidió que el programa abarcara áreas marinas, costeras y terrestres que cubren 168 462 km2 de zonas terrestres, 827 023 km2 de zonas marinas (golfo y mar) y una longitud de costa de 2900 km.

Los principales objetivos de este programa son:
1. La planificación ecológica de territorios marinos y costeros;
2. El establecimiento de una comisión interministerial para la Gestión Integrada de Océanos y Costas;
3. La elaboración de la Política Nacional sobre Océanos y Costas;
4. La gestión ecológica de los humedales costeros (especialmente los manglares);
5. Protección de la biodiversidad costera y marina; y
6. El desarrollo sostenible de áreas costeras y el turismo, pesquerías y sectores industriales marinos

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Referencias

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19. SEMARNAT (2011). Programa de Ordenamiento Ecológico marino y regional del Golfo de México Mar Caribe. En línea: http://www.semarnat.gob.mx/temas/ordenamientoecologico/Paginas/B_A_GolfoMex_Caribe.aspx .

i. La comunidad del caribe (CARICOM) es una organización de quince naciones y dependencias caribeñas cuyo objetivo es "lograr una comunidad viable, competitiva internacionalmente y sostenible10"

Texto PDF en: http://www.pnuma.org/geo5/Resumenes%20de%20Politicas/Brief_land%20use%20planning_espanol%28AugWEBpags%29.pdf

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